HACIA LA GRAN MURALLA

Autora: Mª Dolores Villalba Madrid

Lee detenidamente el texto y luego contesta a las preguntas.

EL SUEÑO

Rama era un chico de 13 años que vivía con sus padres en un pueblecito de la isla de Sri Lanka, situada en el océano Índico. Formaban una familia muy pobre: mientras el padre pasaba todo el día recogiendo leña en el monte, la madre trabajaba en los campos de arroz de un gran terrateniente y el hijo cuidaba las ovejas de uno de los hombres más ricos del pueblo. Entre los tres ganaban a duras penas el dinero necesario para mantenerse dignamente. Además, cada fín de mes, debían pagar el alquiler de la humilde casa donde vivían, lo cual les creaba muchos quebraderos de cabeza, ya que el dueño era un hombre sin escrúpulos que frecuentemente los amenazaba con echarlos a la calle o con denunciar al padre y mandarlo a la cárcel.

Siendo tan pobre su familia, Rama se veía obligado a pasar la mayor parte del tiempo en el monte con las ovejas y apenas iba a la escuela. Por ello, cada vez que asistía a clase, quedaba en ridículo delante de sus compañeros, pues nunca respondía bien a las cuestiones que le planteaba el profesor.

-A ver, Rama -le preguntó un día-, ¿cuál es la capital de la India?
-Esto... ¿Pekín? -respondió él.
-¡Pekín! ¡Pekín! ¡Pekín está en China! ¡La capital de la India es Delhi, pedazo de burro! ¡Si vinieras más a clase, lo sabrías! -le reprendió el profesor enfadado.

China, India, Pekín, Delhi... Para Rama todos aquellos lugares eran iguales. Le sonaban, pero no tenía idea de dónde se hallaban. Otro tanto le sucedía con muchos otros temas, y por eso los compañeros de clase se burlaban de él llamándole "tonto", "borrico", "pastor analfabeto" y cosas semejantes.

Rama se sentía triste y avergonzado cada vez que salía de la escuela; le daba tanta rabia no saber tantas cosas... y aun se sentía peor cuando veía a sus padres volver del trabajo todas las noches agotados y casi sin dinero en el bolsillo.

Quería salir de aquella situación, pero ¿qué podía hacer él? ¿Cómo podría convertirse en una persona rica y sabia para ayudar a su familia y comenzar a gozar de su vida?

Rama tenía muchos sueños, a veces dormido y a veces despierto. En ellos se veía a sí mismo en una casa grande, limpia y bonita; sus padres estaban junto a él, sonrientes y vestidos con elegantes ropas. Sin embargo, al abrir los ojos, rápidamente volvía a la triste realidad, a la chabola pequeña y húmeda donde vivía.

Hasta que una noche el chico tuvo un sueño muy especial. En aquella ocasión se encontró ante un anciano de barba blanca y turbante que le hablaba sosegadamente envuelto en una cortina de humo:
-Rama, eres un chico honrado y trabajador, y te mereces mi ayuda. Sé que quieres salir de la pobreza y la ignorancia, y que de mayor te gustaría ser un hombre rico y respetado. Por eso, sigue mi consejo: sube hasta la cima del monte donde cuidas las ovejas. Si buscas un poco, allí encontrarás una puerta de piedra; ábrela y traspasa el umbral sin miedo, pues al otro lado viven unas hadas que podrán ayudarte a hacer realidad tus deseos. No dudes en dirigirte a ellas.

Y una vez dicho esto, el rostro del anciano se difuminó.

Al despertarse, Rama no le dió demasiada importancia al sueño. No era la primera vez que, obsesionado por sus ansias de mejorar, tenía visiones como aquella; así que a las pocas horas ya se había olvidado por completo de las palabras del anciano de barba blanca.

Sin embargo, la noche siguiente soñó lo mismo, y la siguiente, otra vez. Nunca había tenido el mismo sueño tres veces seguidas y aquello le inquietó. Además, en la tercera ocasión, el anciano se dirigió a él con mayor insistencia:
-Rama, no seas incrédulo y hazme caso. Debes subir a la cima del monte antes de que sea demasiado tarde. Falta poco para la luna llena y, cuando ese momento llegue, las hadas se irán a otro lugar. Entonces ya no podrás realizar tus deseos jamás.

Tras despertarse de aquel tercer sueño, el chico salió de la casa y, en el momento en que miró al cielo, se tomó más en serio este mensaje reiterativo, al comprobar que, en efecto, casi había luna llena.

A la mañana siguiente, como de costumbre, sus padres salieron temprano a trabajar. Rama debía cuidar las ovejas, pero aquel día dejó el rebaño solo y se dirigió hacia la cima del monte.

Necesitó varias horas para llegar hasta arriba, y allí encontró la puerta de piedra de la que le había hablado el anciano. Atravesó el umbral y pasó directamente a una gran cueva ocupada por un grupo de hadas. Rama se quedó quieto, junto a la entrada. No sabía muy bien qué tenía que decir, y no se le ocurrió otra cosa que ofrecerles un poco de comida que llevaba en su zurrón. En un primer instante el muchacho sólo vio rostros de sorpresa, pero enseguida se acercaron hacia él y en pocos minutos dieron buena cuenta de la comida. Después, agradecidas, las hadas le preguntaron.

-¿En qué podemos ayudarte, chico?
-Pues... no sé. ¡Hay tantas cosas!
-¿Tantas cosas? Dinos una.
-Mmm... Sí, me gustaría tener muchísimo dinero.
-¿Para qué?
-Para poder ayudar a mis padres, que se pasan todo el día trabajando; como yo, que estoy casi siempre cuidando las ovejas en el monte.
-Y claro, no puedes ir a la escuela.
-No. Y las pocas veces que voy, como no me entero de nada, mis compañeros se ríen de mí. Me gustaría ser más listo.
-¿Estarías dispuesto a cualquier cosa para hacer realidad tus deseos?
-Sí.
-¿Incluso a marcharte de casa y emprender un largo viaje?
-Haría lo que fuera.
-Muy bien. Si es así, dirige tus pasos hacia el norte, hacia un país llamado China. Una vez allí, busca la Gran Muralla. Si superas todas las dificultades que encuentres por el camino, en esa muralla encontrarás un tesoro; un gran tesoro que te convertirá en un hombre rico y sabio.
-Pero, ¡yo no sé dónde está ese país!
-Pues pregunta en los lugares por los que pases.
-Pero... -insistió Rama-, aunque llegara a esa muralla, ¿cómo sabría el lugar exacto donde está el tesoro?
-Esta noche tendrás un sueño, y en él aparecerá ante tus ojos ese lugar. Recuérdalo bien para el día en que llegues allí, si es que llegas. Ahora tienes que marcharte de aquí -le apremiaron las hadas-, pues dentro de pocas horas anochecerá. Hoy tenemos luna llena y debemos hacer los preparativos para trasladarnos a otra morada.

Rama obedeció y salió de la cueva un poco confuso; pero, al mismo tiempo, contento y esperanzado. Bajó corriendo hasta su casa, para llegar antes de que oscureciera por completo.

Aquella misma noche, tal y como le dijeron las hadas, tuvo el sueño esclarecedor: estaba tumbado en una campo cuidando las ovejas, como todos los días. De repente, observó cómo se le acercaba volando una gran águila. Al principio, Rama sintió miedo, pero enseguida se dio cuente de que no tenía intención de hacerle ningún daño. Al contrario, el ave descendió ante él y se encorvó para que se subiera. Rama se sentó sobre ella y se agarró fuertemente a las plumas del cuello, justo antes de que comenzara a ascender al cielo.

En poco tiempo, hicieron un viaje maravilloso; primero cruzaron el mar; después volaron sobre varias grandes ciudades y dos anchos ríos; más tarde vieron unos montes blancos, y después un desierto. Finalmente divisaron a lo lejos una línea interminable que iba de un monte a otro, dibujando multitud de curvas, como si fuera una serpiente gigantesca. El águila comenzó a descender y pudieron ver aquella línea más de cerca. "Eso debe de ser la Gran Muralla", pensó Rama. Algunos fragmentos de aquella pared parecían estar en buen estado, mientras que otros se hallaban semiderruidos. El águila se dirigió a toda velocidad hacia uno de estos últimos, y en ese momento Rama se asustó, pues descendían en picado y le pareció que iban a chocar irremediablemente contra el suelo. Horrorizado, se agarró con todas sus fuerzas al cuello del ave, cerró los ojos y entonces...

Entonces se despertó sobresaltado.


HACIA LA GRAN MURALLA
Jon Arretxe